La entrada a Jerusalen.

En la Palabra dice que mucha gente fue a Jerusalén para la fiesta de pascua. Al día siguiente supieron que Jesús iba a llegar a la ciudad. Entonces cortaron hojas de palmera y salieron para recibirlo dando alabanzas.

Pero ¿Cual fue el propósito de Jesús para ir ese día a Jerusalen y entrando montado en un burro?

Jesús tomó las calles de la ciudad como de manera obstentosa, como si fuera suya, sin contar con las autoridades establecidas, de tipo político-social (Pilatos, el ejército de ocupación romano) y religioso (sacerdotes del templo).

Esta “procesión” de Jesús es la “madre” de todas las manifestaciones cristianas. Jesús no encerró su evangelio en un desierto (como podían hacerlo los de Qumrán), ni plantó su signo junto a un río de frontera (como Juan Bautista), sino que subió a Jerusalén de un modo “provocador”, causando un revuelo ante el pueblo, y poniendo en alerta a la policía religiosa de Jerusalén (ejército para-militar del templo) y a la legión romana (mandada por el Gobernador Pilato), precisamente en los días de aglomeración y fiesta.

 

‒ Jesús subió, por una parte, como un peregrino más, con los himnos y salmos del Dios de la libertad, cumpliendo según eso un ritual establecido, que formaba parte de la identidad del judaísmo.

‒ Pero él subió, por otra parte como un peregrino muy especial, presentándose a sí mismo (y dejando que le presentaran sus amigos) como Mesías de Dios, permitiendo que celebraran su venida con ramos de laurel (el árbol del triunfo y la realeza) y con ramas de olivo y palmera, como signos de triunfo.

 

Jesús subió de un modo provocador, para despertar la conciencia de sacerdotes y jerarcas del pueblo, sin pactar con ellos un tipo de reparto de poder o de dinero, pues hay “males” (hay tipos de poder) con los que no se puede pactar, pues son males (y pactar con ellos es pecado, es renuncia a la libertad y humanidad).

Evangelio. Mt 21, 1-11:

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles:

— Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto.
Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta: “Decid a la hija de Sión: ‘Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila’.”
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba:
— ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada:
— ¿Quién es éste?
La gente que venía con él decía:
— Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea.

 

1. Subió para instaurar el Reino de Dios.

Subió como los restantes peregrinos, para celebrar las fiestas de la liberación pascual… Pero él tenía una intención y tarea especial: cumplir las profecías de Isaías 55: 12 como el siervo que debía entregarse humildemente.

‒ Como buen judío, subió en nombre de Dios, con un grupo de galileos, para anunciar y preparar el Reino, buscando la manifestación de Dios y conociendo el riesgo que implicaba su actitud, como recuerdan las palabras de Tomás: “Subamos y muramos con él, si es preciso” ( Jn 11, 16).

2. Vino de un modo público.

‒ No vino para realizar una tarea privada, sino como pionero y representante de aquellos que esperaban el Reino y así entró abiertamente en la ciudad, por el Monte de los Olivos (Mc 11, 1). Por eso, su venida, en ese tiempo de Pascua, no fue un gesto privado, sino la expresión oficial de su lugar como Mesías, en Jerusalén.

‒ Conforme a los planes de Dios, era posible que los jerarcas de Jerusalén cambiaran y que los sacerdotes del templo abandonaran su poder sagrado, de tal forma que vinieran a integrarse con los pobres. Ciertamente, conocía los enfrentamientos de los sacerdotes “oficiales” con otros grupos de sacerdotes y judíos (como los esenios de Qumrán) y era consciente de los problemas que su gesto podía plantear al gobernador/procurador romano (Poncio Pilato), que también había venido a Jerusalén con un contingente mayor de soldados, para mantener el orden en los días de la fiesta (de pascua). A pesar de eso (o precisamente por eso), subió a Jerusalén en pascua, como representante del Reino de Dios…

3. No quiso pactar con los sacerdotes.

‒ Sabemos por la Biblia que el pacto es una señal de Dios, de tal forma que toda la historia de Israel y el mismo texto de la Ley o Pentateuco había sido expresión y consecuencia de unos pactos (entre profetas, sacerdotes y representantes de la tradición deuteronomista). ¿Por qué no buscó Jesús también un pacto con los sacerdotes del Templo? Los sacerdotes habían pactado ya con Roma, que nombraba al Sumo Sacerdote y defendía las instituciones sacrales de Jerusalén, en un contexto de equilibrio de poder, compartido por unos y por otros.

‒ Pues bien, todo parece indicar que Jesús no les ofreció un pacto a los sacerdotes pues no admitía su sacerdocio, sino que proclamó ante ellos el Reino de Dios, como alianza universal, desde los pobres, un pacto simplemente “humano” (de vida compartida) que la Iglesia posterior centra en la sangre de Jesús ( Mc 14, 24 ). No buscó un “reparto de poder” con la autoridad establecida, sino un tipo comunión universal de justicia y amor desde los más pobres.

4. No quiso negociar con Roma.

‒ Desde una perspectiva política, él podría, y quizá debería, haberlo hecho, enviando delegados a Pilato, para decirle que venía desarmado, que no quería (ni podía) tomar la ciudad, ni provocar desórdenes externos: que sólo intentaba cambiar la identidad y misión del judaísmo, de manera que no iba directamente en contra de los intereses de Roma.

‒ De todas maneras, podemos suponer que Jesús no propuso ese tipo de pacto, pues ni él estaba dispuesto a pedir permiso al gobernador, ni el gobernador tendría interés en pactar con judíos de tercera o cuarta categoría, como parecía ser Jesús. Un gobernador romano sólo pacta con sacerdotes superiores o jerarcas laicos, en línea de poder, no con hombres que rechazan el poder, como el profeta nazareno. Sea como fuere, Jesús no quiso provocar directamente a Roma, de manera que su entrada en Jerusalén, aunque cargada de pretensiones mesiánicas fue radicalmente pacífica.

5. Roma no podía pactar con un “rey” como Jesús.

‒ Imaginemos que Jesús hubiera logrado imponer un gobierno en Jerusalén, rodeado por un grupo de discípulos y amigos. Eso significaría que, en algún sentido, los sacerdotes tendrían que haberle aceptado, renunciando a su visión particular (sacral) del templo y reconociéndole como “rey simbólico” (no político, en sentido imperial). Jesús habría sido un rey no-militar de los judíos, presidiendo así una especie de ONG mesiánica, una “asociación mesiánica”, sin peligro para el orden militar de Roma, que seguiría imponiendo el orden exterior sobre el mundo conocido.

‒ Podrían haber existido así dos “reinos”: uno para las cosas de Dios, propias de Jesús; y otro para las cosas del César, propio de Roma (cf. Mc 12, 17), como han querido los cristianos defensores de la teoría de las “dos espadas” (una del Papa y otra del Emperador).

‒ Pero estas son sólo imaginaciones retóricas. Dentro del organigrama político del imperio, los romanos no podían pactar con un tipo de rey como Jesús. Ellos sólo podían hablar de un «Rey de los Judíos» en clave de pacto político, de sumisión imperial y colaboración militar, como el que hicieron con Herodes.. Pero el Reino de Jesús no iba en esa línea.

6 Jesús vino en nombre de Dios. 

‒ Jesús subió a Jerusalén anunciando y esperando (preparando) la llegada del Reino de Dios a pesar de que parecía imposible conseguir la aprobación de las autoridades (los sacerdotes judíos, ni los soldados romanos podrían aceptar su posición como el verdadero Mesías.)

‒ Subió precisamente porque se lo pedía el Dios de los profetas, en cuyo nombre había preparado e iniciado el Reino celestial. Subió porque estaba convencido de que su mensaje y misión eran de Dios y porque Dios le había confiado la tarea de instaurar con su palabra y con su vida el nuevo Reino de los pobres, que ya había comenzado con su discipulado en Galilea y que debía extenderse, desde Jerusalén, pasando de nuevo por Galilea, hacia todos los hombres y mujeres de la tierra.

‒ No podía emplear violencia externa, ni poder político, ni sacralidad sacerdotal para extenderlo, porque el Reino de Dios no logra con violencia, ni se mantiene por medios de poder o sacralidad sacerdotal. Por eso, no pudo buscar unos pactos militares o políticos, porque Dios no actúa con medios de poder, sino de un modo gratuito, como habían sabido los profetas.

7. Jerusalén, la ciudad de los signos de Jesús.

La misma subida de Jesús a Jerusalén fue ya un signo mesiánico. Más aún, en el fondo ella fue su signo más característico. Pero, en este contexto, podemos distinguir tres “signos” menores, que definen, mejor que ninguna palabra el sentido y trascendencia del anuncio mesiánico de Jesús, de su proyecto de Reino.

‒ Un signo de política social: entró en la ciudad como el Mesías en la línea de David. Muchos se habían preguntado ya si él era Rey y Pedro lo había declarado abiertamente, llamándole Cristo (Mc 8, 29); pero Jesús había respondido pidiéndole silencio. Pues bien, ahora, él abandona las prevenciones anteriores y confirmando  en Jerusalén de manera abierta, como Mesías radical, en forma pacífica, sin armas, anunciando el Reino de Dios para y desde los más pobres (Mc 11, 1-10).

‒ Un signo de política religiosa: el fin del templo antiguo. Tras subir a la ciudad como rey, Jesús entró en el templo, para declarar, con un gesto nítido y preciso, que la función de ese templo había terminado, de manera que empezaba una experiencia nueva, pues los hombres y mujeres podían relacionarse directamente con Dios y perdonarse unos a otros, a partir de los más pobres, sin necesidad de un templo como el de los sacerdotes (Mc 11, 11-30).

‒ Un signo de entrega y promesa personal. Precisamente cuando parecía que su empresa había “fracasado”, pues ni los sacerdotes ceden ni los habitantes de Jerusalén le acogen, en realidad se estaba dando el paso para el propósito por el cual había venido, que era mucho más que un simple gobierno, y un ministerio humanitario sino la libertad del pecado para que podamos tener acceso al cielo, la vida eterna. Jesús reunió a sus discípulos y se despide de ellos compartiendo una copa de vino y prometiendo que la siguiente van a beber en el reino (Mc 14, 25). 

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