La aventura de Pablo.

Al leer solo unas páginas de la historia del Apostol Pablo, quedé inspirada, como a muchos me imagino, es una vida que nos desafía, y motiva personalmente a la verdadera adoración, un hombre que dió todo de sí desde que escuchó su voz, para vivir esa aventura de fe .

Una de sus historias, con hazañas y milagros, como se caracterizaba casi siempre, se encuentra en Hechos 27-28

Por 2 años estaba Pablo prisionero en Cesárea, siempre por la persecusión por el evangelio de Jesús . Entonces lo ponen a el y otros prisioneros en un barco para Roma. Cerca de la isla de Creta, y ahí una terrible tormenta los azota. Los hombres no pueden guiar el barco y no pueden ver el Sol durante el día, ni las estrellas de noche. Al final, después de muchos días, los viajeros pierden toda esperanza de ser salvos.

Entonces el Apóstol Pablo se levanta y dice: Ninguno de ustedes perderá su vida; sólo el barco se perderá. Porque anoche un ángel de Dios vino a mí y me dijo “No temas, Pablo” Tienes que llegar a estar delante de César el gobernante romano, y Dios salvará a todos los que viajan contigo”

Para la media noche del día 14 desde el principio de la tormenta, los marineros notan que el agua no es tan profunda. Temiendo estrellarse contra unas rocas en la oscuridad, echan las anclas. La mañana siguiente ven una bahía y deciden guiar el barco hasta la playa allí.

Cuando se acercan a la playa, el barco da contra un banco de arena y se hace un boquete. Entonces las olas empiezan a azotarlo y el barco empieza hacerse pedazos. El encargado, un oficial militar dice: ‘Todos los que puedan nadar, naden a la playa; los demás salten después, y usen pedazos del barco para flotar. Eso hacen y las 276 personas que estaban en el barco llegan a salvo a la playa, tal como el ángel lo había prometido.

El barco en el que viajaba Pablo como prisionero naufragó y todos los pasajeros llegaron a la playa a salvo. Cuando los pasajeros, la tripulación, los prisioneros y los soldados se amontonaron en la playa, se dieron cuenta de que estaban en la isla de Malta. Los isleños les dieron una amable bienvenida. Encendieron un gran fuego para que los inesperados visitantes se secaran y no tuvieran frío. Pablo ayudó a juntar ramas secas y al echarlas en el fuego, y una víbora se le prendió en la mano. Los isleños estaban espantados. “Ha de ser un homicida,” dijeron. “¡Se escapó del mar, pero la justicia no lo dejará vivir!”

Pablo sacudió la víbora echándola al fuego. Todos observaban. Esperaban que Pablo cayera muerto, o que al menos se hinchara en agonía por la mordedura de la víbora venenosa. Nada sucedió. Ahora los isleños murmuraban, “Es un dios.” Esto le dio oportunidad a que Pablo les hablara del Dios verdadero.

Publio, el hombre principal de la isla, invitó a su casa a Pablo y a sus amigos. Allí, Pablo oró a Dios para que sanara al padre de Publio, que estaba enfermo. Dios lo sanó. Cuando otros enfermos supieron de esto, vinieron y también a ellos Dios les restauró su salud. De esta manera, muchos aprendieron acerca de Jesús y creyeron en Él. Dios usó ese desastre para traer bendición.

Tres meses después, cuando los viajeros por fin se embarcaron en otro barco, los ciudadanos agradecidos les dieron regalos y todo lo necesario para su viaje.

Llegada a Roma

Por fin, los viajeros llegaron a Italia. La noticia se esparció rápidamente entre los Cristianos. “¡Pablo ha llegado a Italia! ¡Es un prisionero! ¡Viene a comparecer ante César!

Con corazón triste, Pablo emprendió su camino a Roma. Encadenado a su soldado, se preguntaba si este viaje daría frutos. Por muchos años, su esperanza era traer la verdad de Dios a Roma, la capital del mundo. Pero no soñó que fuera de esta manera, como prisionero.

Por el camino, los Cristianos corrían a saludar a Pablo. Le dijeron cuánto significaba él para ellos, cuán agradecidos estaban de que él hubiera compartido la esperanza y el gozo de la vida Cristiana. Pablo dio gracias a Dios y tomó ánimo. Se acordó que pertenecía a la familia mundial de hijos de Dios.

En Roma, se le permitió a Pablo quedarse en una casa alquilada por él. Estaba encadenado a un soldado todo el tiempo, pero la gente podía visitarlo. Por dos años presentó la verdad diariamente “predicando el reino de Dios y enseñando las cosas pertenecientes al Señor Jesucristo con toda confianza sin que nadie se lo prohibiera.” En casi 30 años, las buenas nuevas del Cristianismo habían atravesado desde Jerusalén hasta Roma, el centro del mundo. 

Y ahí escribió las cartas a las iglesías. Increíble cierto? _ Así es Dios.

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