Jesús en las enfermedades.

El ministerio de Jesús fue muy amplio, vino a dar a conocer la esfera espiritual invisible para nosotros.

De modo que Él cumplió lo que dijo el profeta Isaías: “El mismo tomó nuestras enfermedades [sobre Sí Mismo] y soportó nuestros dolores”. Mateo 8:17 

Jesús y los enfermos

¿Qué decía Jesús a los enfermos? ¿Cómo les daba esperanza? ¿Por qué curaba a algunos?

Si uno lee los Evangelios descubre todo un mundo, un océano de dolor que parece rodear a Jesús. Parece un imán que atrae a cuanto enfermo encuentra en su paso por la vida. Él mismo se dijo Médico que vino a sanar a los que estaban enfermos. No puede decir “no” cuando clama el dolor. El amor de Jesús a los hombres es, en su última esencia, amor a los que sufren, a los oprimidos. La buena nueva que vino a predicar alcanzaba sobre todo a los enfermos.

El dolor y el sufrimiento no son una maldición, sino que tienen su sentido hondo. El sufrimiento físico se da cuando duele el cuerpo, mientras que el sufrimiento moral es dolor del alma. El sufrimiento es un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia.

La persona enferma era considerada un ser impuro y excluido de la vida social en el tiempo de Jesús; como era el caso de la lepra, enfermedad contagiosa de la piel. La persona enferma no podía participar de la vida cúltica-ritual. Toda enfermedad impedía una vida laboral normal, era fuente de indigencia y marginación social. El hecho de que Jesús tocara a los enfermos fue criticado y reprobado por los sacerdotes, maestros de la ley, los escribas y los fariseos en su tiempo porque le reprochaban que incurría en la impureza ritual y luego no podía participar de la vida cúltica-religiosa.

Jesús se atrevió a navegar en contra de la corriente en una sociedad que había condenado por principio a los enfermos porque eran considerados personas a las que Dios estaba castigando por sus pecados con esas enfermedades que tenían. Jesús invirtió los sistemas de creencias religioso–culturales erróneos de su tiempo con respecto a los enfermos y también a los pecadores, y mostró el verdadero rostro de Dios Padre que los ama, cura, perdona y salva.

Conociendo su tiempo y su cultura, Jesús percibía con inmenso dolor, la difícil situación que vivían las personas enfermas, quIenes, aparte de sus dolores físicos, tenían que enfrentar la marginación y la carencia de  lo básico para sus vidas; esto lo llevó a sentir en lo más profundo de su corazón, una inmensa compasión por ellos, sin importar su enfermedad, su condición social, su sexo o su lugar de origen.

Pero Jesús no se acercaba a los enfermos, con  la  preocupación de un médico, que simplemente deseaba resolver el problema biológico creado por la enfermedad como tal, sino que su intención fundamental era recuperar y “reconstruir”, plenamente, a estos hombres y mujeres hundidos en el dolor físico, y también en el dolor espiritual que implicaba para ellos sentirse condenados por la sociedad y por la religión.

Los evangélicos nos muestran que Jesús no fue simplemente un curador de enfermedades, sino también, y sobre todo, un rehabilitador de hombres y mujeres
destruídos, un verdadero liberador. Por eso no se detenía ante nada; ni siquiera ante las leyes y normas religiosas, que mandaban “no trabajar” el sábado, día dedicado a Dios, y también, tocar a los enfermos, particularmente a los leprosos, para no contaminarse de su supuesta impureza.

Jesús consideraba que compadecerse de las personas marginadas por la enfermedad, acercarse a ellas y sanarlas, era parte importante de su misión de Mesías – Salvador.  Fue precisamente esto lo que dijo a los discípulos de Juan Bautista cuando le preguntaron  quién era y a qué venía. Nos lo refiere san Mateo en su Evangelio:

“Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: – ¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro? Jesús les respondió: – Vayan y cuenten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva…” (Mateo 11, 2-6).

Jesús no actuaba como un profesional de la medicina, ni como un sacerdote a quien correspondía realizar ritos de purificación. Los únicos motivos que lo llevaban a actuar en favor de los enfermos, eran su pasión liberadora y su amor absoluto e incondicional a los necesitados. Un amor y una pasión que nacían en su corazón humano y divino a la vez, y crecían y se fortalecían en su contacto directo con Dios, su Padre, de quien procedía.

Jesús se compadecía de todos aquellos a quienes veía sufrir por la enfermedad o por la muerte, enjugaba cariñosamente las lágrimas de sus ojos, y con un gesto sencillo o una palabra aparentemente simple pero profundamente llena de fe y de confianza en su Padre, cambiaba su dolor en gozo, su tristeza en alegría, movido por su amor y con su poder de Dios.

Esta actitud de Jesús respecto a los enfermos, nos muestra que el sufrimiento, cualquiera que sea, no es de ninguna manera deseable; y también, que no existe un nexo directo entre el sufrimiento, más bién la enfermedad – y el pecado, como muchos creían en aquel tiempo, y como muchos piensan todavía hoy.

Pero fue más allá. Afirmó en varias ocasiones, que el sufrimiento, cuando es aceptado y vivido con fe, puede convertirse en una bienaventuranza, en un motivo de alegría y esperanza, porque prepara a quien lo padece con fe y con amor, para acoger el Reino de Dios que él vino a instaurar en el mundo: el reinado de Dios en el corazón de cada hombre y de cada mujer y en el mundo entero. Recordemos sus palabras al comienzo del Sermón de la Montaña:

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados…

Y también dijo, que el sufrimiento es una situación, una circunstancia de la vida de los seres humanos, en la que se revela de modo especial la gloria y el poder de Dios, y su amor infinito por cada uno de nosotros:

“Había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta; María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo. Las hermanas enviaron a decirle a Jesús: – Señor, aquel a quien tú quieres está enfermo. Al oírlo Jesús, dijo: – Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Juan 11, 1-4).

Todo esto que Jesús hizo en su tiempo, lo hace también hoy con cada uno de nosotros. Aunque no podamos verlo ni tocarlo, Jesús está con nosotros, a nuestro lado, en nuestra enfermedad y en nuestro sufrimiento; acompañándonos, guiándonos, protegiéndonos, cuidándonos. Puedes percibir cuando tienes fe.  No hace falta que realice un milagro y nos cure; muy bueno si éste ocurre – ¡y puede ocurrir! , pero no es lo esencial. Lo realmente importante, es sentir que Jesús está con nosotros y que nos comunica su amor y su fuerza para ayudarnos a vivir con paciencia y buen ánimo todos nuestros padecimientos grandes y pequeños, sé que es fácil decir cuando no somos nosotros mismos quienes sentimos ese sufrimiento, pero es posible tener la sensibilidad del abrazo del Señor en medio de todo. Así todos en algún momento vamos preparándonos para el encuentro con Dios, al final de nuestra vida física.

¡Bendiciones!

 

 

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