El perfume sobre Jesús.

Marcos 14.1, 2″Dos días después era la pascua, y la fiesta de los panes sin levadura; y buscaban los principales sacerdotes y los escribas cómo prenderle por engaño y matarle. Y decían: No durante la fiesta, para que no se haga alboroto del pueblo.
Pero estando en Betania, en casa de Simón el leproso, y sentado a la mesa, vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza. Y hubo algunos que se enojaron dentro de sí, y dijeron: ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume? Porque podía haberse vendido por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra ella. Pero Jesús dijo: Dejadla; ¿por qué la molestáis? Buena obra me ha hecho. Siempre tendréis a los pobres con vosotros, y cuando queráis les podréis hacer bien; pero a mí no siempre me tendréis. Esta ha hecho lo que podía; porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura. De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella.
Entonces Judas Iscariote, uno de los doce, fue a los principales sacerdotes para entregárselo. Ellos, al oirlo, se alegraron, y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba oportunidad para entregarle.
Desde el capítulo 11, Marcos nos ha estado presentando la última semana que el Señor Jesucristo pasó en Jerusalén y que desembocó en su muerte y posterior resurrección. En realidad, como él mismo había anunciado en repetidas ocasiones en el camino a Jerusalén (Mr 8:31) (Mr 9:30-31) (Mr 10:32-34), esta visita a la capital constituía el final de su ministerio que había de terminar al entregar “su vida en rescate por muchos” (Mr 10:45).
Y aunque los dirigentes judíos ya habían manifestado en otras ocasiones sus deseos de acabar con Jesús (Mr 3:6), los sucesos de los últimos días les habían llevado a tomar la decisión de hacerlo de forma inmediata. La envidia les consumía, y no podían soportar por más tiempo que la popularidad de Jesús siguiera aumentando entre el pueblo. Recordemos brevemente cuáles fueron las cosas que tanto habían molestado a los líderes religiosos de la nación: Primeramente el efecto que había tenido su entrada triunfal en Jerusalén (Mr 11:1-11), pero también las denuncias que había hecho en el templo por los abusos que los sacerdotes cometían en aquel santo lugar (Mr 11:15-19); las parábolas que contó sacando a la luz las malvadas intenciones de los líderes de la nación (Mr 12:1-12); la fuerte denuncia que hizo de la hipocresía de los escribas (Mr 12:38-40); su sabiduría al responder con la Palabra a las cuestiones comprometidas que le presentaban los judíos de las diferentes sectas (Mr 12:13-34); y finalmente, su anuncio de la destrucción del templo (Mr 13:12). Con todas estas cosas había puesto en evidencia la falta de autoridad de los líderes religiosos de la nación (Mr 11:27-33) y había denunciado públicamente su pecado. Así que ellos vieron peligrar su posición y pensaron que la única solución era matarlo, creyendo que así terminarían de una vez con el “problema”. Pero tenían que estudiar bien cómo lo iban a hacer, porque muchas de las cosas que Jesús decía contaban con la aceptación del pueblo, que sufría los abusos constantes de sus dirigentes.
Esta era la situación reinante en Jerusalén justo antes de que se celebrase la fiesta de la pascua, a la que ya habían comenzado a acudir para su celebración miles de judíos de todas las partes.
Ahora bien, en el pasaje que ahora vamos a estudiar, debemos notar que Jesús apenas actúa, sino que más bien son otros los que están tomando decisiones en cuanto a él. El evangelista escoge algunas de estas reacciones que incluyen a los líderes religiosos, una mujer en Betania y a uno de sus discípulos. Sus actitudes reflejan de forma contrapuesta diferentes posturas radicales de amor y odio hacia Jesús. Así que, mientras unos están buscando la forma de matarle, una mujer muestra su amor y devoción absoluta hacia él.

La preparación de la pascua

Marcos ha colocado la escena en la semana previa a la celebración de la Pascua. En esos días estaban llegando constantemente judíos piadosos de todas las partes para celebrar la fiesta en Jerusalén. No debemos olvidar que ésta era una de las tres grandes fiestas anuales que los judíos debían celebrar en Jerusalén (Dt 16:5-7). Por esta razón, la ciudad estaba abarrotada de peregrinos que llenaban todos los alojamientos y llegaban hasta acampar en cabañas, en las laderas de los montes circundantes.
La finalidad por la que los israelitas llegaban a la ciudad unos días antes era con el fin de buscar un alojamiento donde celebrar la pascua, pero también era un tiempo de preparación espiritual para la fiesta. Pero no eran ellos los únicos que tenían que hacer preparativos, también para los sacerdotes y líderes de la nación se multiplicaba el trabajo en el templo. Ellos tenían que supervisar que los corderos para el sacrificio fueran adecuados y también tenían que hacer diferentes rituales dentro del templo.
Sin embargo, el evangelista nos explica que los preparativos que los principales sacerdotes y los escribas estaban haciendo tenían que ver fundamentalmente con la forma en la que pensaban arrestar y dar muerte a Jesús. En realidad, a lo largo de estos pasajes, Marcos nos está presentando a Jesús como el “Cordero de Dios” que iba a ser sacrificado en esa pascuaPor supuesto, ellos no estaban pensando en esto, y de hecho, aunque habían decidido matar a Jesús, no querían hacerlo durante la fiesta de la pascua. La razón era sencilla; ellos sabían que Jesús tenía muchos simpatizantes entre los miles de peregrinos llegados de Galilea, y por lo tanto, pensaron que si emprendían cualquier acción contra él en esos días, esto podría provocar un levantamiento popular de consecuencias imprevisibles. Así que, decidieron que esperarían pacientemente hasta que la gente regresara a sus casas después de la fiesta.
Pero Dios tenía otro plan: Jesús tenía que ser el Cordero Pascual. Por lo tanto, de la misma manera que no le habían podido hacer nada a Jesús en tanto que su hora no había llegado ,, tampoco podrían hacer nada para retrasarla. En este sentido, es interesante notar que aunque los hombres y el mismo Satanás estaban obrando de forma activa para destruir los propósitos de Dios, lo único que lograron hacer fue cumplirlos para su gloria.
Más adelante  Marcos nos explicará que el ofrecimiento que Judas, uno de los apóstoles, les hizo a los líderes judíos para entregar a Jesús, fue la razón por la que finalmente llegaron a cambiar sus planes y así dar muerte a Jesús durante la fiesta. Pero antes de pasar a explicarnos todo ese proceso, intercala en su relato un cuadro completamente diferente en el que vemos a una mujer mostrar todo su amor y devoción hacia Jesús.
Por el evangelio de Juan, sabemos que la cena a la que Jesús fue invitado en Betania tuvo lugar seis días antes de la pascua (Jn 12:1). Por lo tanto, deducimos que Marcos no está colocando los acontecimientos en un orden cronológico, puesto que tal como nos acaba de informar, el complot para matar a Jesús tuvo lugar dos días antes de la pascua (Mr 13:1). Seguramente no faltará quien interpretará este hecho como una falta de precisión histórica en los relatos de los evangelios, pero creemos que nada de esto afecta a la veracidad de los hechos descritos, y por otro lado, nos ayuda a percibir que el propósito de Marcos al colocar los diferentes acontecimientos de esa semana en el orden en que lo hizo, tenía como finalidad contrastar las diferentes actitudes de los hombres ante Jesús.
De esta manera nos ha presentado un precioso cuadro en el que se destaca la devoción de una mujer en vivo contraste con la maldad de los líderes judíos y la traición de Judas.

“En Betania, en casa de Simón el leproso”

Dejando por un momento el odio que se respiraba contra Jesús en Jerusalén, Marcos nos lleva ahora a la cercana aldea de Betania en donde nos encontramos con un ambiente muy diferente. Allí Jesús tenía distintos amigos que confortaron su alma en aquellos difíciles días. Uno de ellos era “Simón el leproso” que amablemente le invitó a su casa a comer. Realmente sabemos muy poco acerca de él, pero imaginamos que era una de las muchas personas a las que Jesús había sanado de la lepra, y que seguramente estaba buscando la ocasión de mostrarle su agradecimiento.
Por supuesto, Simón no podía ser leproso en ese momento, ya que en esas condiciones no habría podido estar con sus invitados sentado a la misma mesa. Pero a pesar de que su enfermedad había desaparecido, sin embargo, siguió siendo conocido como “Simón el leproso”, y seguro que a él no le importaba que siguieran recordando lo que antes había sido, puesto que eso servía para glorificar al que le había sanado.

“Vino una mujer”

Marcos sólo nos dice que “vino una mujer” a la casa de Simón en donde Jesús había sido invitado. Si este incidente es el mismo que Juan ha registrado en su evangelio, la mujer de esta historia es María, la hermana de Lázaro y Marta (Jn 12:2-3). En este caso, María también tenía buenas razones para mostrar su agradecimiento a Jesús, puesto que él había resucitado a su hermano Lázaro (Jn 12:1). No es difícil imaginarnos el ambiente de amor que se respiraba en ese lugar hacia Jesús. Todos ellos sentían una profunda gratitud y reconocimiento hacia él y la invitación que le hicieron tenía como propósito honrarle y tener comunión con él.
Sin embargo, cada uno de ellos expresaba su amor por Jesús de forma diferente. Simón abría su casa para la celebración, Marta servía, Lázaro se sentaba a la mesa disfrutando de la comunión con el Señor de quien había recibido la vida, y María quiso dar a conocer su amor y devoción al Maestro entregándole un precioso vaso de alabastro lleno de perfume de nardo puro, verdadero regalo para un rey. El cuadro completo nos presenta diferentes aspectos del verdadero culto: la presencia del Señor presidiendo, la comunión, el servicio y la adoración.

“Un vaso de alabastro de perfume de mucho precio”

La mujer llevaba en sus manos un frasco o vaso de alabastro blanco que contenía una cantidad abundante de perfume de nardo puro. Los discípulos calcularon que su valor podría estar en torno a los trescientos denarios, lo que equivalía al sueldo de una persona por un año de trabajo.
Cuando llegó hasta donde estaba Jesús, la mujer quebró el cuello del vaso que contenía el ungüento. Con esto estaba dejando claras sus intenciones: no pensaba derramar simplemente unas gotas de aquel caro perfume, sino que lo iba a entregar completamente, de forma abundante.
El resultado fue que la casa se llenó inmediatamente de aquel agradable perfume. Pero aun más bello que el olor que se desprendía del perfume, era la devoción y amor que surgían de su corazón completamente entregado al Señor.
A %d blogueros les gusta esto: