El león de la tribu de Judá


El león es un mamífero de la familia de los félidos que antiguamente habitaba en casi toda África; en las regiones sureñas y occidentales de Asia (por tanto, también en Tierra Santa); en Grecia y hasta la India, donde todavía hoy subsiste una pequeña población.

La Biblia parece indicar que estaba presente en la espesura de las riberas del río Jordán Jer. 49:19.

En la Biblia, el león es el símbolo por excelencia de la fuerza física, así como del poder, el valor, la dignidad y la ferocidad.

El León de Judá es el símbolo de la Tribu de Judá, según las interpretaciones bíblicas podemos encontrar que se trata de la tribu del linaje de los Reyes de Israel, como los antecesores del Rey David.

El emblema simbolizado por Reyes y el León de la tribu de Judá, se debe a las palabras de bendición  pronunciadas por Jacob. Padre de Judá quien llama a su hijo cachorro de león hijo mío. Originando el emblema por la profecía dada que Jesús el Mesías vendría de la tribu de Judá.

León de Judá, es el título mesiánico otorgado a Jesús por ser el Mesías gobernador del mundo. De la descendencia de la tribu de Judá, provino de quien venció a la propia muerte. Y quien esta presente para batallar en el juicio final. Para demostrarle a todo aquel que cree en Él que va gozar de vida eterna, Jesús es fuente del verdadero poder. El símbolo de mayor fuerza y ferocidad es representado como león, para demostrar el mayor poder entre toda la humanidad.

Jesús cumplió las profecías del Antiguo Testamento, porque descendía de la tribu de Judá y era del linaje de David. En las Escrituras encontramos que a Jesús se le conoce como el León de Judá. El apóstol Juan tiene una visión y mira a uno sentado en el trono sosteniendo en su mano derecha un libro. Y un ángel fuerte pregonando ¿Quién esdigno de abrir el libro y desatar sus sellos? Juan estaba llorando, y un anciano se le acerca y le dice no llores, he aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos. Apocalipsis 5:1-5, diciendo, el Cordero que fue inmolado, el que tiene los siete espíritus, el que está en medio de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, es digno de abrir el libro y quitar sus sellos porque ha sido inmolado y con su sangre nos ha redimido, en otras palabras, Jesucristo el cordero que fue sacrificado en la cruz del calvario, es digno. Sin embargo, pocos prefieren al Cordero como el León, y si lo prefieren quieren verlo como un cachorro ‘indefenso’, noble y tierno, pero el León cuando ruge no es muy tierno o indefenso.

Jesús ha demostrado un valor como el del león: al defender la verdad, al promover la justicia y al afrontar oposición.

Defendió la verdad con valentía.

En este mundo dominado por Satanás, “el padre de la mentira”, hace falta valor para defender la verdad. Jesús no esperó a ser adulto para hacerlo, como lo revela cierto momento de su vida. A los 12 años estuvo separado de sus padres después de celebrar la fiesta de la Pascua en Jerusalén. Tras buscarlo desesperadamente por tres días, María y José al fin lo hallaron en el templo. ¿Qué estaba haciendo? Estaba “sentado en medio de los maestros, escuchándoles e interrogándolos” (Lucas 2:41-50). Piense en el ambiente en que se desarrolló esa conversación.

Según los historiadores, algunos de los guías religiosos más ilustres se quedaban en el templo después de las fiestas para enseñar a la gente en alguno de sus amplios atrios. Las personas se sentaban a sus pies, escuchando y haciendo preguntas. Estos maestros eran hombres muy instruidos. Tenían profundos conocimientos de la Ley mosaica, así como del sinfín de complejas leyes y tradiciones humanas que se habían multiplicado con los años. ¿Cómo se hubiera sentido allí en medio de ellos? ¿Intimidado? No es para menos.

Sin embargo, ahí estaba Jesús, sentado en medio de aquellos expertos, interrogándolos valerosamente sobre cuestiones profundas. Y no solo eso, pues el relato añade: “Todos los que le escuchaban quedaban asombrados de su entendimiento y de sus respuestas” (Lucas 2:47). Aunque la Biblia no especifica de qué habló en esa ocasión, es seguro que no repitió las falsedades que eran tan populares entre aquellos maestros religiosos. Por el contrario, Jesús defendió la verdad de la Palabra de Dios, y todos los que lo oyeron sin duda se maravillaron de ver a un niño de 12 años expresarse con tanta inteligencia y valor.

En su vida adulta, Jesús siguió defendiendo la verdad con valor. Su ministerio empezó con una confrontación que muchos definirían de terror. Tuvo que enfrentarse a Satanás —el más fuerte y peligroso de todos los enemigos de Dios—, pero no en calidad de poderoso arcángel, sino como un simple hombre de carne y hueso. Jesús rechazó al Diablo y refutó su aplicación tergiversada de unas palabras inspiradas por Dios. El encuentro terminó con la  orden de Jesús: “¡Vete, Satanás!” Mateo 4:2-11.

Así, Jesús marcó el objetivo que seguiría su ministerio, a saber, defender con valentía la Palabra de su Padre contra los intentos de torcerla o manipularla. En ese entonces —al igual que ahora— reinaba la deshonestidad religiosa, como se hace evidente por lo que Jesucristo les dijo a los líderes espirituales de su día: “Invalidan la palabra de Dios por la tradición suya que ustedes transmitieron” (Marcos 7:13). Aunque el pueblo reverenciaba a aquellos hombres, Jesús no tuvo reparos en denunciarlos como guías ciegos e hipócritas.

• Promovió con valor la justicia

La Biblia predijo que el Mesías aclararía a las naciones “lo que es la justicia” Mateo 12:18. No cabe duda de que Jesús comenzó esa labor cuando estuvo en la Tierra. Siempre trató a los demás de manera justa, lo que exigió gran valor de su parte. Por ejemplo, se negó a adoptar actitudes contrarias a las Escrituras, como los prejuicios y el fanatismo que predominaban a su alrededor.

Cuando los discípulos lo encontraron hablando con una mujer de Samaria en el pozo de Sicar, se asombraron. ¿Por qué? Porque en aquel entonces los judíos en general detestaban a los samaritanos, un sentimiento que venía de muchos años atrás. Y a eso se sumaba el desprecio que los rabinos sentían hacia las mujeres. Sus leyes, puestas por escrito tiempo después, disuadían a los hombres de hablar con ellas y hasta insinuaban que las mujeres no merecían que se les enseñara la Ley de Dios. Las samaritanas en particular eran consideradas inmundas. Pasando por alto tales prejuicios, Jesús le enseñó abiertamente a esta mujer —que llevaba una vida inmoral—, e incluso le reveló que era el Mesías Juan 4:5-27.

El valor también llevó a Jesús a luchar por la pureza del pueblo de Dios y por todo lo relacionado con la adoración pura. En los comienzos de su ministerio entró en el templo de Jerusalén y se horrorizó al ver a los mercaderes y cambistas comerciando allí. Lleno de justa indignación, echó fuera a estos hombres codiciosos junto con sus mercancías. Algo similar se produjo al final de su ministerio. Aunque con estas acciones Jesús debió de ganarse la enemistad de hombres poderosos, no por ello vaciló. ¿Por qué? Porque desde niño llamaba al templo la casa de su Padre, y lo amaba. Que se profanara el lugar donde se adoraba era una injusticia que no podía tolerar. El celo por la adoración verdadera le dio el valor necesario para hacer lo que debía.

Bién ¿debemos llegar a la conclusión de que Jesús combatió la injusticia social del mundo en general? Es verdad que vivió rodeado de injusticias. Su país se hallaba ocupado por una potencia extranjera, Roma, la cual oprimía a los judíos con una fuerte presencia militar, les imponía altos impuestos e interfería en la religión. No es de extrañar, por lo tanto, que muchos hayan querido que Jesús interviniera en la política. Una vez más, su valor entró en acción.

Jesús explicó que su Reino no era parte del mundo. Con su ejemplo, instruyó a los discípulos para que se mantuvieran al margen de los conflictos políticos de su día y se dedicaran, más bien, a predicar las buenas nuevas del Reino de Dios. Cuando una muchedumbre fue a arrestarlo, enseñó una impactante lección de neutralidad. Sucedió que, impulsivamente, el apóstol Pedro sacó la espada e hirió a un hombre. Su reacción es muy comprensible, pues si acaso alguna vez pareció justificada la violencia, fue aquella noche, cuando se atacó al inocente Hijo de Dios. Pero, Jesús fijó la pauta que sus discípulos habrían de seguir hasta el día de hoy, diciendo: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada perecerán por la espada” . Los seguidores de Cristo necesitaron valor para mantener una actitud pacífica, y lo mismo necesitamos hoy. Gracias a su neutralidad cristiana, el pueblo de Dios (verdaderos cristianos) no tiene un historial en lo referente a las guerras, matanzas, revueltas y otros incontables actos violentos que se han producido en nuestra época.

Afrontó valientemente la oposición

Jesús sabía de antemano que enfrentaría fuerte oposición en la Tierra. Las repetidas amenazas de muerte de que fue objeto culminaron esa noche donde fue entregado por uno de sus díscipulos. ¿Cómo pudo mostrarse tan valeroso ante semejantes peligros? ¿qué estaba haciendo poco antes de que la muchedumbre lo apresara? Estaba orando con fervor a Dios.  La Biblia dice que Jesús “fue oído favorablemente” Hebreos 5.7. De hecho, Su Padre envió a un ángel del cielo para confortar a su Hijo.

Poco después de haber sido fortalecido, Jesús les dijo a los apóstoles: “Levántense, vámonos”.Deténgase a pensar por un instante en el valor encerrado en esas palabras. “Vámonos”, dijo, sabiendo que le pediría a la multitud que dejara ir a sus amigos, sabiendo que ellos lo abandonarían y huirían, sabiendo que se encararía solo a la mayor prueba de su vida. Nadie estuvo con él cuando se enfrentó a un juicio ilegal e injusto, a las burlas, a la tortura y a una muerte atroz. Pero, no perdió el valor ni por un momento durante esta terrible experiencia.

Esa valentía de Jesús necesitamos todos los días nosotros para hablar del evangelio, cuando hay tanta oposición en nuestro alrededor, cuando muchos se burlan, o hasta nos insultan cuando hablamos la verdad.

Esta visión escrita de Jesús como  cordero inmolado , parece un símbolo de debilidad. Un cordero inmolado (sacrificado), nos indica sufrimiento, muerte, debilidad suprema, alguien que sucumbe a la violencia o crueldad de otros, y fue así, vimos que Jesús fue ciertamente sacrificado por nosotros, en nuestro lugar Isaías 53:4-7. Fue así que nos rescató de la condenación eterna que todos merecíamos.
Pero no nos confundamos, porque su legítima identidad es como la del león, como vimos las características que manifestaba.
Vamos a leer el pasaje en que Juan ve por primera vez a este cordero inmolado, a ver si entendemos bien cómo nos está siendo presentado aquí el Hijo de Dios.
Apocalipsis 5:1-6
Es curioso. Todo comienza porque Juan es invitado en visión a conocer las cosas que acontecerían al pueblo de Dios en tiempos futuros. Así es llevado (en visión) ante el mismísimo trono de Dios. Allí ve como la mano de Dios sosteniendo un libro (un rollo) escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Era aparente que en ese libro estaban escritos los designios de Dios para su pueblo, y para toda la humanidad. Juan estaba deseoso de que el rollo fuera abierto y leído, para conocer el destino que les esperaba. Pero no se halló a nadie digno de abrir el rollo. Juan lloró mucho. Y entonces, uno de aquellos 24 ancianos le dijo: “No llores…” .
Le presentó a Jesús con estas tres tremendas frases:
“El león de la tribu de Judá”
“La raíz de David” (profetizado en Isaías 11:1).
“Ha vencido…”
¿HA VENCIDO? Así asegura el anciano. Pero lo asombroso viene en el versículo siguiente. Cuando Juan hizo exactamente lo que le dijo el anciano “¡Mira…!”, y miró: ¿qué vio?
Vio un cordero, como inmolado.
Esta es una de las cosas más asombrosas acerca del Señor Jesús. Es, al mismo tiempo…
CORDERO Y LEÓN
¿Por qué la imagen del león le sirve a este cordero?
¿Por qué podemos decir que Jesús, el Cordero de Dios, ha vencido?
Hechos que lo hacen un VENCEDOR.
 Vivió una vida perfecta.
Nadie fuera de él ha podido vivir esa vida en este mundo (Eclesiastés 7:20). Sólo Jesús.
Y no es porque es Dios. Porque él vivió en este mundo como hombre completo. A pesar de que fue tentado, nunca pecó.
Hebreos 4:15
 Cumplió la voluntad del Padre.
Desde niño sabía que había venido con una misión del padre (Lucas 2:49). Eso fue lo más importante para él. Por eso les dijo a sus discípulos, junto al pozo de Samaria, que esa era su comida especial (Juan 4:34).
Cuando estaba para terminar su vida en la tierra, pudo orar así al Padre (Juan 17:4).
 Satisfizo la justicia de Dios.
Dios es un juez justo. No puede pasar por alto su justicia. Y su justicia demanda la condenación de los culpables. Pero por su profundo amor hacia toda la humanidad, llevó a cabo un plan magistral, para otorgarnos perdón y salvación, AL MISMO TIEMPO que su justicia quedara satisfecha. Para eso se requería que alguien PERFECTO, INOCENTE, cargara con la condenación de los culpables. Y para eso envió a su hijo Jesús.
Jesús vivió en este mundo una vida perfecta, sin pecado, y luego murió ocupando nuestro lugar, llevando sobre sí nuestro pecado y nuestra condenación 2 Corintios 5:21
Aun sufriendo sin merecerlo, aun muriendo como morían los criminales, Jesús estaba siendo un VENCEDOR.
Venció la muerte.
Jesús no se quedó muerto y sepultado. Para alegría de muchos y desconcierto de otros, resucitó al tercer día, derrotando la muerte, como el primero (primicias) en lograrlo. Cuando los apóstoles lo proclamaron en Jerusalén, todos ellos eran testigos de ese hecho. Cuando Pablo escribió a los Corintios, aún había muchos testigos con vida. Ni siquiera sus enemigos pudieron presentar ninguna prueba en contra de esa proclamación.
Colosenses 1:18
Se sentó en el trono de Dios.
Los antiguos sacerdotes NUNCA SE SENTABAN mientras oficiaban en el Tabernáculo o el Templo de Jerusalén. En el interior de esos santuarios no había asientos. Pero cuando Jesús murió, resucitó y ascendió al cielo, SE SENTÓ, indicando que había terminado su obra. Y no en cualquier asiento, sino en el mismísimo trono de Dios.
Hebreos 8:1
Vencerá a todos sus enemigos.
Un día Jesús vencerá completamente a todos sus enemigos. Aun a los que se juntarán para pelear contra él al final de los tiempos. El Cordero-León los vencerá. Apocalipsis 17:14.
No veas la imagen de Jesús solo como un cordero,
Él  también es el león. El Rey. El Vencedor.
El que esta llegando.
A %d blogueros les gusta esto: