El lenguaje de los agradecidos es la adoración.

Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.

 Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.

La única vez que habla sobre que Dios busca algo de nosotros, siendo el dueño y creador de todo es en este versículo.

La idea de adorar al señor “en espíritu y en verdad” viene de la conversación que tuvo Jesús con la mujer en el pozo en Juan 4:6-30. En la conversación, la mujer estaba discutiendo sobre los lugares de adoración con Jesús, diciendo que los judíos ad

oraban en Jerusalén, mientras que los samaritanos adoraban en el monte Gerizim. Jesús acaba de revelar que él sabía acerca de sus pecados, así como el hecho de que el hombre con el cual vivía no era su marido. Esto hizo que ella se sintiera incómoda. Jesús no quiso distraerse de la lección que quería darle sobre la verdadera adoración y llegó al punto central del asunto: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren” (Juan 4:23).

La conversación de Jesús con la samaritana giró en torno a 3 temas. El agua viva, la vida de la mujer y el tema de la adoración. De acuerdo al registro bíblico, podríamos decir que la samaritana era sincera en su adoración. Por esa razón puso el tema a consideración. Sin embargo, esa práctica estaba mal enfocada. Sus prácticas de adoración no habían tenido ningún efecto en su vida. Ella seguía practicando una vida inmoral, aunque tenía la inquietud de saber si el lugar donde adoraba era el correcto.

La descripción que Jesús presentó a la samaritana de los verdaderos adoradores, los que busca el Padre que le adoren, fue muy precisa. Él dijo: “los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. Esas palabras tuvieron un efecto en la mente de esa mujer. Sinceramente creo que debió estremecerse al pensar que todas sus prácticas de adoración no habían contribuido a cambiar sus prácticas cotidianas. Esto nos dice una gran verdad. El lugar donde adoramos no tiene ningún poder para transformar la vida de los adoradores. El único que tiene poder para llevar a un pecador a una vida de santidad, es Dios.

Sin embargo, para que el proceso de la santificación se inicie en la vida de un pecador es necesario que practique una adoración en “espíritu y en verdad”. En otras palabras, Dios no puede obrar el milagro de la transformación si el ser humano no se acerca a Él con la debida actitud. Esa clase de adoración implica sinceridad de corazón al acercarse a Dios y una disposición de hacer su voluntad.

Cuando Jesús dijo que se debe adorar al Padre en “espíritu”, sin duda alguna se estaba refiriendo a una actitud mental plenamente consciente del maravilloso Dios que tenemos. Tener claro en la mente la verdad del Dios de amor que adoramos se convertirá en una respuesta de alabanza, gratitud y reverencia cuando invocamos su nombre y nos acercamos a Él. En otras palabras mi encuentro con Dios para adorarle será como el encuentro de dos personas que se aman.

La lección general sobre la adoración al señor en espíritu y en verdad, es que no debe limitarse a una única ubicación geográfica ni necesariamente debe ser dirigida por las disposiciones transitorias de la ley del antiguo testamento, es decir no cumplir la ley por obligación. Con la venida de Jesús, la separación entre judíos y gentiles ya no era pertinente, ni tampoco lo era la centralidad del templo en la adoración. Con la venida de Cristo, todos los hijos de Dios recibieron igual acceso a Dios a través de él. La adoración se convirtió en un asunto del corazón, dirigida por la verdad y no por una ceremonia.

En Deuteronomio 6:5, Moisés establece para los Israelitas cómo amar a su Dios: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”. Nuestra adoración de Dios es dirigida por nuestro amor hacia él; cuando amamos, adoramos. Ya que la idea de “fuerza” en hebreo indica totalidad, Jesús amplió esta expresión a la “mente” y “con todo lo que eres”. Adorar a Dios en espíritu y en verdad implica necesariamente amarlo con todo el corazón, el alma, mente y fuerza.

La verdadera adoración debe ser “en espíritu”, es decir, que involucre todo el corazón. A menos que exista una verdadera pasión por Dios, no hay adoración en espíritu. Al mismo tiempo, la adoración debe ser “en verdad”, es decir, debidamente fundamentada. Si no tenemos conocimiento del Dios que adoramos, no hay adoración en verdad, son necesarias para satisfacer y honrar a Dios en adoración. Espíritu sin verdad conduce a una experiencia emocional y demasiado superficial. Tan pronto como se termine la emoción, cuando el fervor se enfría, se enfría también la adoración. La verdad sin espíritu puede resultar en un encuentro seco y sin pasión que fácilmente puede conducir a una forma triste de legalismo. La mejor combinación de ambos aspectos de la adoración se traduce en un reconocimiento gozoso de Dios fundamentado por las escrituras. Cuanto más sabemos acerca de Dios, más lo apreciamos. Entre más lo apreciamos, más profunda es nuestra adoración. Entre más profunda sea nuestra adoración, mayormente será Dios glorificado.

Esa gratitud es la oportunidad que Dios nos dá de poder ofrendar algo que él busca. Como dice la Palabra, él “busca adoradores”. Es la oportunidad de la expresión de nuestra alma, de nuestro espíritu que busca a Dios como una respuesta a su bendición, a su gracia, a su bondad. Viene básicamente de una gratitud de un corazón que conoce el amor de Dios.

Muchas veces nos acercamos a Dios como seres humanos por necesidad, en un momento dado podemos experimentar ese deseo de búsqueda, pero eso no es adoración, porque la adoración es la ofrenda sublime de agradecimiento a El, es la alabanza que fluye naturalmente en nuestra vida, es conocer, una entrega continua, un bienestar y plenitud real. Bendiciones.

A %d blogueros les gusta esto: