Dejó su trono.

 “En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano” Filipenses 2:7 .

La música navideña ocupa un lugar especial en mi corazón. Quizá porque me trae recuerdos de la infancia, de esos tiempos que hacíamos un coro de villancicos en noche buena con los vecinos de mi ciudad, antes de la recreación del pesebre viviente, y así varios años vivimos un significado tan hermoso y profundo de lo que es la navidad, aun siendo niños ya nos dejó huellas del amor de Dios interpretando y alabando la historia de Jesús.

Tú dejaste tu trono y corona por mí

al venir a Belén a nacer.

Mas a ti no fue dado el entrar al mesón,

y en pesebre te hicieron nacer.

A nivel intelectual entendemos el hecho de que Jesús dejó su estatus celestial y vino a la tierra, pero ¿te has puesto a pensar en lo que implica? vamos a dar alas a la imaginación por un momento.

Imagina que vives en un gran palacio, eres un rey, reina y gozas de todos los privilegios que tu título te concede. Te rodea una belleza sin igual, todo es un aire de perfección. El oro y la plata son tan normales para ti como el aire que respiramos. No necesitas preocuparte por nada porque todas tus necesidades están cubiertas y con solo abrir la boca, alguien está presto a hacer realidad tus deseos.

Sin embargo, de pronto un día las cosas cambian y tienes que dejar todo eso a un lado. Ahora te toca vivir con gente común y corriente. Tendrás que comer lo que esté disponible, no más cenas gourmet ni platos hechos a pedir de boca. Tu ropero consiste en un par de vestidos sin color alguno, gastados y fuera de moda. Y, sobre todas las cosas, tienes que trabajar hasta el agotamiento. A la hora de dormir, nada de colchones cómodos, ni almohadones ni edredones de plumas. Una cama dura, en una habitación compartida. Te tocó dejar tu trono.

Eso fue lo que le sucedió a Jesús, pero a una escala mucho mayor. No creo que nuestra mente finita lopueda entender jamás. A un lado quedó su corona, la próxima vez que llevara una corona sería de espinas, enterradas en su piel. No más vestiduras de lino fino, para nacer lo envolverían en telas simples, nada de bordados en plata ni encajes preciosos. Para su llegada ni siquiera hubo un cuarto pequeño disponible en algún mesón del pueblo. Su primera habitación sería un establo maloliente, compartido con animales del establo.

Además, nació en el lugar menos relevante, un pueblito pequeño sin fama y atracciones. Pero, de esa manera cumplió una profecía hecha siete siglos antes: Jesús nacería en Belén.

“Pero tú, oh Belén Efrata, eres solo una pequeña aldea entre todo el pueblo de Judá. No obstante, en mi nombre, saldrá de ti un gobernante para Israel, cuyos orígenes vienen desde la eternidad.” Miqueas 5:2.

Todo eso lo vivió Cristo para que hoy podamos celebrar el evento más grande de la historia, Dios hecho hombre. Él dejó su trono y su corona por ti y por mí. Por eso celebramos la Navidad. ¿Y sabes? La realidad es que no importa el día del año. Lo importante es que Jesús nació.

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