Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad. Efesios 1:4,5

Escogidos y santificados para la plena filiación.

Adán cayó por haber comido del fruto del árbol del conocimiento del bién y del mal, se contaminó con la muerte, y así no podía comer más del fruto de la vida, pues llegó a ser impuro y perdió su posición santa. Por eso, fue expulsado por Dios del huerto del Edén, y el camino al árbol de la vida fue cerrado por querubines y una espada encendida que se revolvía por todos lados Gn3.24. El querubín representa la gloria de Dios; el hombre entonces representa la gloria de Dios. En la biblia, el fuego de la espada encendida representa la santidad de Dios.

Cuando el Señor le apareció a Moisés en el monte Horeb en medio de una zarza que ardía en fuego, pero que no se consumía, le dijo que se sacara las sandalias de sus pies, porque aquel lugar era santo. Por tanto, el fuego esta relacionado con la santidad de Dios.

Cuando los hijos de Israel traían bueyes y ovejas para ofrecer como holocausto en el altar, esos animales eran cortados en pedazos y quemados en el fuego. Todo lo que es quemado con fuego cambia de forma y se convierte en cenizas, que es la cosa más pura y más limpia, pues, una vez que pasa por el fuego, se purifica.

La espada prefigura la justicia de Dios. Así que, estaban la espada de fuego y los querubines, para guardar el camino al árbol de la vida. Si alguno quisiera entrar, debería satisfacer un triple requísito: el de la gloria, el de la santidad, y el de la justicia de Dios. Para tener acceso al árbol de la vida, necesitaría recuperar la gloria, pues solo entonces el querubín permitiría que entrase. Tendría que satisfacer la exigencia de la santidad, es decir, debería ser quemado y purificado por el fuego y llegar a ser cenizas, para que todo su ser natural fuese eliminado y también tendría que satisfacer la exigencia de la justicia de Dios, o sea, tendría que ser justificado, llegar a ser justo.

La epístola de Efesios nos habla con respecto a la como dispensa, trabaja, el Dios triuno en nosotros. En el capítulo uno tenemos la obra del Padre, la del Hijo y la del Espíriti. Puesto que caímos en el mundo, ya no somos más santos. Dios quiere llevarnos a ser santos como El es santo. Por eso, antes de la fundación del mundo, el Padre escogió adoptar a los que le dirían sí y nos predestinó para la filiación.

Todo este proceso se ha llevado a cabo siguiendo un plan. Dios el Padre planeó la iglesia. Dios El Hijo pagó con Su sangre por la Iglesia, y Dios el Espíritu Santo protege la Iglesia. La fuente de todas nuestras bendiciones es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Él nos hace pensar en la eternidad pasada, y hace que nos demos cuenta que la salvación es completamente de Dios. Cuando hacemos eso nos damos cuenta de que nosotros no somos originadores de eso, ni tampoco los promotores, ni los consumadores de nuestra salvación. Él lo hizo todo.

La filiación.

Las escrituras revelan que el propósito del hombre es ser procreado por Dios en un sentido real, con su Espíritu Santo implantado en nuestras mentes para engendrarnos como sus propios hijos. Sin embargo, unos cuantos versículos del apóstol Pablo han sido usados para afirmar que Dios nos adopta en lugar de engendrarnos directamente como sus hijos. ¿Cuál es la diferencia entre ambas cosas?

Como comúnmente se traduce, Romanos8:15 dice que los cristianos “habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” El versículo 23 dice que nosotros, “que tenemos las primicias del espíritu, también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo”. El siguiente capítulo, de acuerdo a la mayoría de las traducciones  de la Biblia, dice que Israel, la nación de Dios, recibió la promesa de “adopción” (9:4). De manera parecida, tanto Gálatas4:5 como Efesios 1:5 usan la frase “adopción como hijos” para la categoría que Dios nos otorga.

 

 

 

 

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