Mateo 16:21
Desde entonces Jesucristo comenzó a declarar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día.

El Sanedrín era la Corte Suprema de la ley judía cuya misión era administrar justicia interpretando y aplicando la Torah, la ley sagrada. Era competente en asuntos religiosos, penales y civiles.

Estaba compuesto por un mínimo de 23 jueces y un máximo de 71. Y eran 71 porque la Biblia dice que Dios dijo a Moisés en el desierto: “Coge 70 de entre los ancianos de Israel y haz la Asamblea de Israel”.

El Sanedrín, sus miembros y funciones.

El Sanedrín (“consejo”, “sentarse juntos”) era la institución más importante de la sociedad judía. Una
especie de parlamento con poder legislativo, ejecutivo y judicial. Sólo estaba limitado en sus
funciones por los ocupantes romanos.
En la época de Jesús, el Sanedrín constaba de 71 miembros, que se elegían de entre estas tres clases
de personas:
‒ los ANCIANOS, representantes de la aristocracia
‒ los SUMOS SACERDOTES retirados y los miembros de las cuatro familias de las que se elegían
generalmente los sumos sacerdotes
‒ los ESCRIBAS o DOCTORES DE LA LEY, pertenecientes fundamentalmente al partido de los fariseos.
El presidente del Sanedrín era el Sumo Sacerdote. Su cometido era gobernar el país bajo la tutela
romana. Los sumos sacerdotes de la época de Jesús fueron Anás (desde el 6 al 15) y Caifás (desde el
16 al 37).
El Sanedrín era a la vez el consejo de gobierno y la corte suprema de justicia para todos los judíos,
estuvieran en Palestina o en el extranjero.
Ejercía la justicia según las leyes judías, que eran reconocidas como leyes del imperio por todos los
judíos de los países sometidos a Roma. Las decisiones del Sanedrín tenían fuerza de ley, que los
romanos aplicaban con cuidado.
Su competencia se extendía a todas las cuestiones religiosas y a todo lo que se derivaba de la ley
judía. No tenía poder para condenar a muerte (esto es algo que se reservaba al procurador romano).

VIDA RELIGIOSA ¿En qué creían un judío en tiempos de Jesús? 

Un Dios. Los judíos eran monoteístas. Admitían la existencia de un único Dios, vivo y personal, santo e inaccesible, pero también cercano a sus criaturas. Lo llamaban YAVÉ. 
Un pueblo. Los judíos tenían la convicción de que Israel era el pueblo de Dios porque el Señor había
hecho alianza con él, después de liberarlo de la esclavitud de Egipto. 
Una ley. Los judíos afirmaban que el Dios de Israel había revelado su voluntad a su pueblo en la Ley.
Ésta constituía el vínculo que unía a los judíos entre sí.

¿Cuáles eran las obligaciones religiosas de los judíos? 
 Celebrar las fiestas. Eran importantes porque en ellas el pueblo se reunía y reforzaban su fe común.

La fiesta de la Pascua. Celebraban la liberación de la esclavitud de Egipto. Acudían unos 200.000
peregrinos a Jerusalén. La tarde del 14 de Nisán se inmolaban en el Templo los corderos que las
familias comían después de ponerse el sol. La fiesta se prolongaba durante ocho días.
‒ Pentecostés. Cincuenta días después de la Pascua, fue primero la fiesta de la cosecha, pero
después pasó a ser la fiesta del don de las Tablas de la Ley en el Sinaí, fiesta de la renovación de la
Alianza.
‒ La fiesta de las Tiendas o de los Tabernáculos. Era más espectacular. Para recordar la estancia del
pueblo en el desierto, cada familia se hacía una choza de ramaje en los alrededores de la ciudad.

 El Templo. El Templo de Jerusalén era el otro polo de la vida judía. En él se celebraba a diario
el culto a Yavé, los sacerdotes desempañaban las tareas litúrgicas y ofrecían los sacrificios. El
Templo significaba la presencia permanente del Señor en medio de su pueblo. 
 La Ley. Fue dada por Dios a Moisés; debía ser explicada y adaptada a las circunstancias
cambiantes de la vida. Ello dio lugar a las Ley oral o tradiciones de los padres. El trabajo de
interpretación de la Ley escrita fue realizado por los escribas, que ejercían funciones de
teólogos y juristas. 
 El sábado. Es la práctica más sagrada. El descanso estricto, con ciertas actividades muy
limitadas y minuciosamente reglamentadas, tenía que permitir al hombre descansar y alabar
a Dios. 
 La sinagoga. La palabra “sinagoga” significa “reunión de los creyentes”. Esta palabra pasó
luego a designar el edificio en donde se reúne la comunidad. Más aún que el Templo, lejano
para muchos y a donde sólo iban en las fiestas, es el lugar donde se vive la fe del pueblo. EL
culto comprende una lectura de la Ley, iluminada por un texto de los profetas y seguida por
una homilía.

LA SOCIEDAD
‒ SUMO SACERDOTE. • Era el responsable máximo del Templo y presidente del Sanedrín. •
Pertenecía al partido de los saduceos u colaboraba con el poder romano. • Su cargo era vitalicio,
pero los diversos procuradores romanos nombraban y destituían al sumo sacerdote cuando querían.

‒ SADUCEOS. • Pertenecían a la clase alta del país (aristocracia y grandes propietarios). •
Políticamente, colaboraban con el poder romano, intentando mantener el orden público. •
Religiosamente, eran muy conservadores: se atenían a la Ley y no creían en la resurrección.

‒ SACERDOTES. • Unos 7.000 sacerdotes se encargaban de atender el Templo. • Eran pobres, vivían
de parte de las ofrendas y de oficios que se buscaban por su cuenta.

‒ ESCRIBAS. • Su misión consistía en explicar y actualizar la Ley en función de los nuevos tiempos y
de los problemas que se planteaban.

‒ FARISEOS. • La palabra “fariseo” significa “separado”. • Eran hombres piadosos que conocían bien
la Ley y la cumplían a rajatabla (ayunos, penitencia, oración, etc.). • Ejercían una enorme influencia entre el pueblo, hasta el punto de que los jefes religiosos seguían siempre sus consejos. •
Pertenecían a una clase media. • Los fariseos quieren estar separados de los que no conocen la Ley y
son impuros porque no la cumplen. • Eran nacionalistas y hostiles a los romanos, pero no usaban la
fuerza sino que esperaban un mesías que estableciera el reino de Dios echando a los romanos.

‒ ZELOTAS. • Eran un movimiento extremista y armado. • Pertenecían a las capas más pobres del
pueblo. • No se enfrentaban directamente con el ejército romano, sino que organizaban revueltas y
asesinatos aprovechando fiestas y reuniones del pueblo. • Solían esconderse en cuevas de Galilea y
contaban con el apoyo de las clases populares. • Entre los seguidores de Jesús había antiguos zelotes:
Simón el Zelota, Judas Iscariote

‒ El PUEBLO. • Era la clase social inferior, compuesta por habitantes del campo, descendientes de
extranjeros, que no conocían la Ley más que en lo fundamental y ni siquiera eso cumplían. •
Pertenecían a este grupo jornaleros, curtidores, carniceros, pastores y todos aquellos cuyos oficios
eran considerados impuros. • Era la gran masa del país.

‒ MUJERES. • La mujer no tenía los mismos derechos civiles y religiosos que el hombre. • Una mujer
dependía totalmente de su padre hasta la edad de doce años. A esta edad, que nos parece muy
temprana, se celebraban los esponsales, y un año después tenía lugar el matrimonio. A partir de
entonces, la mujer pasaba a depender totalmente del marido. Éste podía divorciarse; la mujer, no. •
En el Templo, la mujer no podía pasar del atrio reservado a los gentiles y a las mujeres. En la sinagoga
solamente se limitaba a escuchar. • La mujer estaba considerada como menor de edad y dependía
siempre de un hombre.

‒ MARGINADOS. • Había grandes grupos marginados por distintas causas: religiosas, morales o
racistas. Los publicanos eran marginados porque cobraban, por encargo de los romanos, los
impuestos sobre las mercancías importadas. Como el dinero que cobraban superaba los impuestos
para quedarse con una ganancia, cometían muchos abusos y el pueblo en general los odiaba y los
tenía por ladrones. Determinados enfermos, sobre todo de la piel (leprosos), y de enfermedades
mentales, se veían apartados de toda vida social, incluso de la religiosa. Los minusválidos (cojos,
ciegos, paralíticos,…) frecuentemente convertidos en mendigos, eran otro tipo de marginados. Los
gentiles (los que no eran judíos) y las pecadoras públicas (prostitutas, adúlteras) eran discriminados
por motivos morales- religiosos.

Caifás decide la muerte de Jesús

El sumo sacerdote en esos años  del tiempo de Jesús era Caifás y él presidió las deliberaciones contra Jesús. Su suegro, Anás, había desempeñado el mismo cargo; y sus hijos Eleazar, Jonatás, Teófilo, Ananías y Matías eran también sacerdotes y miembros del Sanedrín.

Después del asombro causado por la resurrección de Lázaro, Caifás persuadió a sus compañeros de la necesidad de matar a Cristo, con el mismo argumento que han usado desde entonces tantos agitadores, políticos y terroristas:

“Vosotros no entendéis ni una palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo y que no perezca la nación entera”

Las normas del juicio

Entre las normas que regulaban el Sanedrín como tribunal penal estaban las siguientes.

El Sanedrín no podía juzgar ni reunirse en sábado ni en día de fiesta; tampoco lo podía hacer en la víspera de un sábado o de un festivo. Estaba prohibido instruir un asunto capital durante la noche, comenzar la sesión antes del sacrificio matutino y continuarla después del sacrificio vespertino.

¿Por qué crucificaron a Jesús? Una de las acusaciones principales era la profanación del Sábado, cuyo obligado descanso había quebrantado Cristo con las curaciones efectuadas en ese día: el hombre de la mano seca ; la mujer encorvada ,el ciego de nacimiento  Jn, 9, 1, y otros más.

Las palabras de Jesús: «Quien come mi carne y bebe mi sangre vivirá eternamente» son otras de las puntas de lanza del proceso. Ya que la sangre, como flujo de vida, estaba prohibida como alimento en el Génesis (9, 4).

También se le acusó de blasfemo cuando dijo aquella frase: «Destruid este templo que en tres días lo reedificaré». Pero Cristo no se refería al edificio, sino al templo de su propio cuerpo.

Cristo no contesta a estas acusaciones, entonces Caifás, prescindiendo de ellas, le increpa: «¿Eres tú el Mesías, el hijo de Dios vivo?». «Tú lo has dicho». Esta respuesta se estima como delito: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos de más pruebas?». Es declarado «reo es de muerte», acordándose remitir al condenado al procurador romano, Poncio Pilatos: «A nosotros no nos es permitido matar a nadie».

Por otro lado, tampoco quieren hacerse impopulares, pues saben que las turbas sienten una gran simpatía por aquel Galileo. Que sea Pilatos quien lo mate y así, de paso, se consigue aumentar en el pueblo el latente sentimiento de odio hacia el poder opresor.

Y aunque la sentencia previa no tuviese valor práctico, era un modo eficaz de ejercer más presión en el ánimo de Pilatos y de influir en el pueblo. El Sanedrín era el guardián de la ley mosaica y, por tanto, la máxima autoridad de los judíos. Lo que en él se dijera, era indiscutible: «Nosotros tenemos una ley y según ella debe morir» (Jn, 19, 7).

No obstante, se dan cuenta que ante un juez pagano que admite la pluralidad de dioses, el título de Hijo de Dios, pretexto de la condena recaída, no les serviría. Por la blasfemia no se habría interesado: «¿A caso soy yo judío?» (Jn, 18, 35); que viene a significar: «¿Qué me importan a mí las cuestiones religiosas?». Ante él los rabinos cambian la acusación: «Levanta al pueblo prohibiendo pagar tributos al César y dice ser el Mesías-rey» (Lc, 23, 2). Los sanedritas ponen en esta acusación todas sus esperanzas. Teniendo en cuenta los deseos judíos de libertad e independencia, conocidos en Roma, tal actitud podía implicar un intento de subversión política, crimen cualificado por las leyes romanas como de alta traición.

Ninguna de estas acusaciones era cierta. Jesús no ordenaba ni prohibía los tributos. Y, por otro lado, tras la primera multiplicación de los panes, cuando la gente quiere en verdad proclamarlo rey, Jesús se retira a orar, declinando el ofrecimiento y envía a sus discípulos a Betsaida, cruzando el lago de Genesaret, donde poco después, al reunirse con ellos, realizará el milagro de caminar sobre las aguas.

Sin acusaciones

Ninguna de las acusaciones era cierta y Pilatos lo sabía: «Conocía que por envidia se lo habían entregado los príncipes de los sacerdotes» ( Mc, 15, 10). Y se da cuenta de que quieren utilizarle como instrumento para sus propios fines. Quieren hacerle creer que se mueven por puro amor a Roma. No juzga necesario interrogarle por las dos primeras acusaciones, pues si hubiera sublevado al pueblo o prohibido los tributos lo hubiera él sabido mucho antes. Sólo le pregunta: «¿Tú eres rey?».

Por otra parte, tiene miedo de causar una sublevación y perder en ella su prestigio y su cargo, pues aquella gente lo sabe y se atreve incluso a amenazarle: «Si sueltas a ése no eres amigo del César, pues todo el que se hace rey va contra el César».

Pilatos, cogido entre la duda, el temor y la injusticia., se lava las manos.

Pilatos se contenta tan sólo con un simple interrogatorio, en el que falta toda prueba que no sea el testimonio del acusado, que él no llega a comprender del todo. En el curso del mismo, Claudia Prócula –esposa de Poncio Pilatos– previene a éste para que se guarde de derramar la sangre de aquel justo. Según el evangelio apócrifo de Nicodemo, interviene a favor del acusado porque era una mujer piadosa; lo cual no es raro, pues muchos nobles romanos habían ya manifestado un preferente interés por la religión judía. De cualquier modo, es una de las voces que se alzan en su defensa.

Pilatos, al enterarse de que Cristo es galileo, trata de quitarse de encima tan enojoso asunto y lo envía a Herodes, aprovechando la estancia de éste en Jerusalén. Espera que éste, al absolver a Jesús, ratifique ante el pueblo su declaración de inocencia, pues pensaba que si hubiera habido alguna culpa cierta en aquel alborotador de masas, Herodes –su juez natural– le hubiese antes aprehendido.

Herodes se alegra de tener ante él al autor de tan cacareados prodigios: «Esperaba ver de él alguna señal» (Lc, 23, 8). Y en su presencia los sanedritas repiten las mismas acusaciones; pero Jesús calla. Por eso Herodes, cansado de preguntas, lo devuelve a Pilatos. De otra parte, no quiere condenarle: el remordimiento por la forzada muerte de Juan Bautista y la popularidad de Cristo entre las masas, unido a que Pilatos tampoco había visto ninguna culpa, le hacen rechazar la acusación. Además, ¿aquél mendigo harapiento era el pretendido Rey de los judíos?

Entonces idea la burla de la túnica: todos los aspirantes a ejercer en Roma una magistratura acostumbraban llevar una «túnica cándida» (de ahí deriva la palabra candidato) o vestido blanco que significase su deseo. Se la hace vestir con un doble fin: por un lado humilla así al que pretendía hacerse rey y, por otro, declara simbólicamente su inocencia del delito que se le imputa. ¿Mesías? Un loco quizás, un visionario, pero ¡¿hijo de Dios?!

Herodes remite al acusado al procurador romano y se desentiende definitivamente del asunto. Nuevamente en su presencia, Pilatos se debate en un mar de indecisiones; primero se jacta de «tener poder para soltarle o crucificarle» (Jn, 19, 10) y luego reconoce su inocencia: «No encuentro culpa alguna en este justo». «Me lo habéis entregado como alborotador del pueblo y, habiéndolo interrogado, no encuentro en él ninguno de los delitos que alegáis. Y ni aun Herodes, pues me lo habéis vuelto a enviar. Nada, pues, ha hecho que merezca la muerte».

Entonces, ¿por qué da a elegir al pueblo entre un culpable real (Barrabás) y uno que sabe inocente (Jesús)?. Y si lo considera inocente, ¿por qué lo manda azotar? ¿Merecía algún castigo o lo hace también por aplacar a la masa? Quizá pensase Pilatos justificar así la falta de peligrosidad social de aquel supuesto rey, haciendo tomar a risa, al ver el pueblo su caricatura escarnecida , la acusación que presentaba.

No quiere condenarlo; su inocencia es manifiesta, pero ante la insistencia de la multitud no se atreve tampoco a liberarlo. Su diplomacia política le dicta una salida: el lavatorio de manos. De este modo reconoce públicamente su inocencia y, por si luego resultase culpable, se cura en salud al mismo tiempo. Por otro lado, piensa que así contenta al pueblo y evita la producción de un desorden público que podría traer, incluso para él mismo, funestas consecuencias.

Pilatos comete la primera equivocación al enfrentar a la masa con su propia repugnancia por el Sanedrín: lo debería haber dejado libre en cuanto se convenció de su inocencia; no lo hizo y ahí empezó su culpa.

Cuando está parlamentando con los representantes del pueblo llega la muchedumbre para solicitar la libertad de un preso político mediante acclamationes, según costumbre pascual. No es extraño figurarse que entre la gente se encontrasen compañeros de Barrabás, que influyeran para pedir la libertad de éste, encarcelado como culpable de rebelión y asesinato; mas nada tienen aún contra Jesús y Pilatos; en vez de separar con limpieza ambas cuestiones, continúa en sus dudas: «¿Y qué he de hacer con éste, al que llamáis el Cristo?». Es el segundo error; sólo falta ya que alguien se enfrente contra su demostrada indecisión para que toda la muchedumbre se convierta en una voz unánime: «¡Crucifícale! ¿Crucifícale!».

Ante la resistencia del procurador, el clamor va creciendo. A los sanedritas podría haberlos despachado sin muchas complicaciones, pero con la masa excitada eso resulta imposible. El pueblo se da cuenta y hace ya cuestión de honor arrancarle a Pilatos la sentencia de muerte hacia aquel hombre que días antes habían aclamado jubilosos. Y, Pilatos por fin, cede en el momento en que advierte que prolongar tal situación sería ya inútil y hasta peligroso, pero antes se permite una ironía: «¿A vuestro rey voy a crucificar?» La muchedumbre le contesta: «¡No tenemos más rey que el César!»

Pronunciada la sentencia, Jesús –el Justo por excelencia– es conducido al Gólgota y crucificado entre dos malhechores.

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