Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento habla sobre el Espíritu. El Espíritu no es definible. Es ruah, pneuma, spiritus: no es una palabra que se refiera tanto al fenómeno del viento o del soplo en sí mismo, cuanto a la fuerza que se manifiesta en él y que permanece enigmática en su origen y en su destino. El soplo y el viento eran para los hebreos fuerzas misteriosas, poderosas y terroríficas. Hay una persona que circula por todos los tiempos y lugares, y mantiene viva la revolución de Jesús, el crecimiento del reino de Dios. Juan y Pablo nos hablaron de Él con gran profundidad.

Jesús es un hombre del Espíritu. Lo tenía sin medida. Con su poder actuaba, hablaba, curaba enfermos, expulsaba demonios, hace presente el reinado de Dios. El Espíritu no envejece, su impulso no se para. Recorre la historia del mundo.

Esa persona en forma de viento trae la vida, envuelve en la luz, llena todo de fecundidad. Pero ¿de dónde procede?

En un precioso versículo del salmo 50 se dice: «No me arrojes de tu rostro y no me quites tu santo Espíritu» Sal 50,11. En él se pone en conexión la comunicación del Espíritu de Dios con el no-ocultamiento de su rostro. Esto quiere decir que la comunicación del Espíritu tiene mucho que ver con el poder estar ante el rostro de Dios, en su presencia.

En otro salmo se dice que cuando Dios oculta su rostro, todas las realidades vivientes pierden su aliento de vida y retornan al polvo (Sal 104,29). Cuando el rostro de Dios, símbolo de su presencia y atención hacía sus criaturas, brilla, mira en actitud de gracia, se convierte en la fuente desde la que se derrama el Espíritu sobre toda carne. Brilla el rostro cuando el corazón está encendido en amor. El amor que Dios siente en su corazón hace que su Espíritu mane y se derrame. El semblante esplendoroso de Dios es la fuente desde la que se derrama el Espíritu y la vida, el amor y la bendición de Dios. «Haz brillar tu rostro sobre nosotros y danos tu gracia» se dice en la bendición de Aarón (Num 6,23-25). Cuando resplandece el rostro de Dios, esperamos de Él el envío del Espíritu. El rostro de Dios, resplandeciente de alegría, es la fuente luminosa del Espíritu Santo.

CRIATURA DEL ESPÍRITU, JESÚS-ENVIADO POR JESÚS, EL ESPÍRITU

María, la madre de Jesús, halló gracia a los ojos de Dios. Él miró la humillación de su esclava. Y derramó su Espíritu sobre ella: «concibió por obra del Espíritu Santo». Jesús es fruto del Espíritu y del seno de María.

Dios Padre ungió a Jesús con su Espíritu y su fuerza. Le concedió el Espíritu sin medida (Jn 3,34). Con su poder hablaba, actuaba, curaba enfermos, expulsaba demonios, hacia presente el Reino. Jesús mismo era el rostro de Dios, que con su amor hacia todos, derramaba el Espíritu. Era la energía que procedía de él y curaba a todos, que le hacía hablar como nadie había hablado.

Morir para Jesús fue -no podía ser de otra manera!- «entregar el Espíritu», despojarse de aquel que era su vida, su inspiración permanente, el amor del Abba derramado en su corazón. Fue necesario que Él partiera de este mundo y se sacrificara; así el Espíritu sería enviado, vendría a nosotros. Jesús dice que se va, es decir, que muere, para «rogar al Padre que conceda otro Consolador» (Jn 14,16); él mismo envía al Consolador «desde el Padre», pues «procede del Padre» Jn 15,26. El Espíritu Santo procede del Padre, permanece en el Hijo y desde el Hijo se irradia en el mundo. La gloria de Dios brilla «en el rostro de Jesucristo» y proyecta «un luminoso resplandor en nuestros corazones». También en nosotros se proyecta la gloría del Señor 2 Cor 3,18.

En la muerte y en la gloría, la intimidad entre Cristo y el Espíritu es tal que parece que los dos se confunden: Cristo se ha convertido en Espíritu (1 Cor 15,45). Jesús forma con el Espíritu una unidad tan perfecta que puede ser designado con el nombre del Espíritu Santo. No se comprende a Jesús resucitado si no se reconoce en Él al hombre del Espíritu Santo; no se comprende al Espíritu Santo si no se ve en Él al Espíritu de Jesús, del Hijo de Dios. Transformado en el Espíritu Santo Jesús es don de sí, comunión: resucita como persona y en forma de comunidad. Jesús se ha convertido en Espíritu que da vida, amistad extrema, don de sí y comunión. Sus símbolos son pan comido y cáliz ofrecido.

Hoy el Espíritu sigue presente, invadiéndolo todo, llevando el mundo hacía la plenitud del Reino.

«… Y serás transformado en otro».

El Espíritu de Dios es poder. Actúa contra la debilidad de la carne ( Is 31,3). Cuando envuelve a una persona la transforma y transfigura: «El Espíritu de Dios te investirá (a Saúl) y serás transformado en otro hombre» (1 Sam 10,6) ; «el Espíritu vendrá sobre tí y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… Lo que nacerá de ti será santo, será llamado hijo de Dios… Nada hay imposible para Dios. Jesús fue consagrado en el Espíritu y en el poder. El viento del Espíritu conducía sus pasos hasta la cruz. Resucitó por el poder generativo del Espíritu.

Despues de la Pascua, el Poder de Dios en el Espíritu envió a la Iglesia hacia todo el mundo. El Evangelio se difundía bajo su impulso poderoso : «con poder y con Espíritu» 1 Cor 2,4. El Viento Santo iba reuniendo a todos los hijos e hijas dispersos. Creaba comunidades de hermanos y hermanas. Generaba acontecimientos de liberación, interior y exterior. Hacía que los corazones estuvieran abiertos a Jesús, a su memoria.

El Espíritu no envejece, no para. Recorre toda la geografía y toda la historia del mundo. También hoy sigue transformando y transfigurando. A veces es un viento espectacular; otras, una brisa suave. Es el causante de muchas liberaciones. Arranca de la tiranía de la carne, de los malos espíritus que nos afligen. Nadie sabe de dónde viene ni a dónde va; pero ahí está, movilizándolo todo. El Espíritu es el enemigo de toda legalidad», de todo orden establecido para siempre; y es que «donde esa el Espíritu del Señor, allí está la libertad» 2 Cor 3,17.

Un invisible que nos trae lo Santo. Esta persona hace presente a Dios en el mundo sin esfuerzo. Le prepara el lugar y lo introduce en él, sin que apenas se perciba. No es un Viento que nos lanza hacia afuera, sino que trae el afuera hacia dentro. No decimos «¡Vamos… Espíritu Creador», sino «Ven… Espíritu». No es el que nos hace ir, sino el que viene. El Espíritu Santo es la presencia de Dios en este mundo. Dios se nos regala y el regalo está al alcance de la mano. Se nos regala, no como visibilidad o audibilidad o tangibilidad, o sabor, sino como Espíritu de toda visibilidad, audibilidad, tangibilidad o gusto. En cada experiencia humana se nos regala Dios cuando sentimos el asombro, la paz inmensa, el gozo y hasta el exceso conmovedor.

En el seréis consolados, veréis, seréis llamados… de las bienaventuranzas, Jesús nos hablaba de formas de presencia de Dios. Dios está presente también en el dolor, en la muerte prematura sin haber conseguido un éxito palpable. Aunque las cosas no correspondan a lo que nosotros esperamos, el Espíritu nos hace siempre presente a Dios y nos regala sus misterios, que algún día comprenderemos. El Espíritu sopla donde quiere y nadie sabe de antemano de dónde viene y a dónde va (Jn 3,8). Pero siempre es portador de Consuelo y de Gracia, trae lo Santo.

El derramamiento del Espíritu Joel 2:28-29

El estudio del capítulo segundo de Joel está dividido en dos partes: Joel 2:1-14, y Joel 2:15-32. El libro de Joel tiene dos contextos: primero el aspecto histórico del libro, en el que debemos de entender que se trata del pueblo de Israel literal según la carne, con su Pacto Antiguo, su sacerdocio terrenal, y su santuario terrenal. Mientras que el segundo aspecto es el profético—que trata sobre el Israel “moderno”, con el Nuevo Pacto, con el verdadero Sacerdocio, y el verdadero Santuario Celestial.

La obra del Espirítu estaba desde el principio, los santos del Antiguo Pacto ya eran partícipes de los dones del Espíritu. “porque yo estoy con vosotros, dice Jehová de los ejércitos, así mi Espíritu estará en medio de vosotros, no temáis” Hageo 4, 5

“Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” Jn. 39.

Evidentemente, las Escrituras pretenden impresionarnos con ambos hechos, respecto de que el Espíritu Santo vino sólo en el día de Pentecostés, y que el mismo Espíritu ya había obrado durante siglos en la Iglesia del Antiguo Pacto. Juan declara que el Espíritu todavía no había sido dado.

Isaías, Ezequiel y Joel, contienen un testimonio innegable de que esto era lo que los profetas esperaban.

Isaías dice: “Porque los palacios quedarán desiertos, la multitud de la ciudad cesará—hasta que sobre nosotros sea derramado el Espíritu de lo alto, y el desierto se convierta en campo fértil, y el campo fértil sea estimado por bosque. Y habitará el juicio en el desierto, y en el campo fértil morará la justicia.” Esta profecía se refiere a un derramamiento del Espíritu Santo, que va hacer una obra de salvación a gran escala, porque termina con la promesa: “Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre”Is. 14-17.

De la misma manera, Ezequiel profetizó “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. Y os guardaré de todas vuestras inmundicias; Ezequiel 25; Ez.19 provee la introducción a esta profecía: “Así ha dicho Jehová el Señor: Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, para que anden en mis ordenanzas.”

Joel pronunció su conocida profecía: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días” Joel 30, 31; —una profecía que, según la magistral exposición de Pedro, se refiere directamente al día de Pentecostés.

Zacarías añade una hermosa profecía: “Y derramaré espíritu de gracia y de oración.” Zc.10

Es cierto que estas profecías fueron dadas a Israel durante su período tardío, cuando la vigorosa vida espiritual de la nación había ya muerto. Pero, Moisés expresó el mismo pensamiento en su oración profética: “Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos” Nm. 29. Pero estas profecías son prueba de la convicción profética del Antiguo Testamento, respecto de que la dispensación del Espíritu Santo en esos días era en extremo imperfecta; de que la verdadera dispensación del Espíritu Santo aún se tardaba; y que sólo en los días del Mesías vendría en toda su plenitud y gloria.

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