Se rasgó el velo.

Muchas veces nos acostumbramos a la historia de la muerte de Jesús perdiendo, hasta cierto punto, la sensibilidad de entender y apreciar la inmensidad de su sacrificio.

La muerte de Jesús fue una muy dolorosa y humillante. La crucifixión se ofrecía para los peores malhechores y se aplicaba el castigo con crueldad. Pero, aun en medio de ese marco tan horrendo, hubo algunos sucesos impresionantes que dejaron claro que Jesús no era un ser humano como nosotros. Él era Dios encarnado, con el propósito específico de salvar y redimir a la humanidad. La muerte no impidió que su propósito se cumpliera.

El velo del templo se rasgó en dos

Un suceso que no se puede explicar durante la crucifixión de Jesús fue que se rasgó el velo del templo por la mitad justo cuando Jesús expiró. Ese velo grueso y pesado separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo, el lugar terrenal donde moraba la presencia de Dios al que solo podía entrar el Sumo Sacerdote (Éxodo 26:31-34).

Entonces Jesús volvió a gritar con fuerza, y entregó su espíritu. En ese momento la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
Mateo 27:50-51

El velo rasgado simbolizó el acceso directo que tenemos ahora a la presencia de Dios gracias al sacrificio de Jesús. Solo a través de él tenemos acceso a Dios y al perdón de nuestros pecados. Él se ofreció como cordero perfecto para que, por medio de él, podamos tener paz con Dios.

Esta cortina era especial, y era tan especial, que cada detalle de su confección fue especificado por Dios. Una cortina diseñada por el mejor diseñador de todos los tiempos. Esta cortina se encontraba en el tabernáculo de adoración, donde se llevaban a cabo los sacrificios por el perdón de pecados (Éx. 26:33). Esa cortina, a la que la Biblia se refiere como un velo, separaba el lugar santo del lugar santísimo.

El lugar santo era una habitación grande que estaba designada para ser el lugar de adoración, y el lugar santísimo una más pequeña donde moraba la presencia misma de Dios y donde solo podía entrar el sumo sacerdote una vez al año, el día de la expiación, para entrar a la presencia del Señor en representación de todo el pueblo y ofrecer sacrificio por sus pecados (Lev. 16).

Este velo que dividía las dos habitaciones era una gran cortina fabricada con el lino más fino, con pinturas de azul, púrpura y carmesí (Éx. 26:31). Colgaba de cuatro columnas de madera de acacia —un tipo de madera muy resistente— y su espesor era de aproximadamente 10 centímetros (v. 32). Según el historiador judío Josefo, el velo era tan pesado que si caballos hubieran tirado de cada lado, no hubieran podido partirlo.

“Una enorme cortina separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo. Cuando Jesús murió, esta cortina fue rasgada en dos de arriba hacia abajo (Mt. 27:51; Mr. 15:38; Lc. 23:45)”.

¿Por qué usar una cortina tan pesada si solo se quería dividir un lugar de otro? Este velo, antes de Cristo, representaba lo gruesa y pesada que era la división que existía entre Dios y los hombres por causa del pecado. Pero más adelante, con la llegada de Cristo y su obra en la cruz, lo pesado del velo mostró algo más, algo extremadamente poderoso y glorioso. En el momento en que Cristo muere en la cruz por el perdón de nuestros pecados, luego de exclamar a gran voz la gloriosa declaración de que su obra había sido completada, esta cortina pesada se rasgó en dos, de arriba hacia abajo (Mat. 27:50-51).

Esa cortina que ni caballos en toda su fuerza podrían romper fue rasgada por el mismo Dios que la había diseñado. El hecho de que el velo se haya partido en dos de manera dramática al momento de la muerte de Jesús fue un símbolo de que su sacrificio y el derramamiento de su propia sangre por nuestros pecados fue suficiente y para siempre. Por eso, fue rasgado de arriba hacia abajo, porque fue Dios quien hizo el camino por nosotros. ¡El camino a la presencia de Dios fue abierto!

A través de Cristo Jesús, la pesada barrera por nuestro pecado fue destruida en la gloriosa cruz. Ya no necesitamos de un sumo sacerdote que cruce una gran cortina para entrar al lugar santísimo una vez al año a ofrecer sacrificio por nuestros pecados porque Jesús, nuestro gran sumo sacerdote, ofreció un sacrificio una vez y para siempre (Heb. 7:27), y nosotros podemos tener acceso a la presencia de Dios a través de Él.

En efecto, Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro. Ni entró en el cielo para ofrecerse vez tras vez, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. Si así fuera, Cristo habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Al contrario, ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo.
Hebreos 9:24-26

Oscuridad sobre la tierra

La Biblia dice que mientras Jesús estaba en la cruz hubo un tiempo de oscuridad sobre la tierra.

Desde el mediodía y hasta la media tarde toda la tierra quedó en oscuridad.
Mateo 27:45

Lucas 23:44-45 dice que el sol se ocultó. Al parecer, sucedió parecido a un eclipse solar aunque más largo de duración. La naturaleza no fue indiferente ante la muerte de Jesús, el Cordero perfecto a través del cual hemos sido redimidos.

Si miramos las plagas que Dios envió a Egipto en el Antiguo Testamento, vemos en Éxodo 10:21-23 que la novena plaga fue una gran oscuridad. Después de esa plaga vino la muerte de los primogénitos de Egipto, país donde el pueblo de Israel había pasado muchos años de esclavitud.

Solo sobrevivieron a esa plaga los hijos del pueblo de Israel. Dios les dio instrucciones precisas de untar la sangre de un cordero macho sin defecto en los dos postes y en el dintel de las casas donde se habían reunido para celebrar la primera Pascua (Éxodo 12:1-14). Gracias a esa señal, la sangre de un cordero sin mancha en los postes de la puerta, ellos no sufrieron la muerte de sus hijos.

Temblor de tierra

El Evangelio de Mateo también menciona un gran temblor de tierra, tan fuerte que se partieron las rocas. Vemos una vez más que la naturaleza reaccionó con fuerza ante la inocencia que yació en la cruz.

Se abrieron los sepulcros y resucitaron algunos santos

Debido al temblor tan fuerte se abrieron los sepulcros. Pero lo más asombroso es que resucitaron muchos santos. O sea, gente temerosa del Señor que había estado muerta hasta ese día ahora estaba viva. Por lo general, eso no ocurre cuando hay un temblor de tierra. ¡Solo el poder de Dios puede resucitar a los muertos!

Se abrieron los sepulcros, y muchos santos que habían muerto resucitaron. Salieron de los sepulcros y, después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
(Mateo 27:52-53)

Vemos que, después de la resurrección de Jesús, estas personas se aparecieron en la ciudad y muchos les vieron. La Biblia dice que eran santos, gente que amaba y servía a Dios. Ahora tenían una nueva oportunidad para dar testimonio del gran poder de Dios sobre la muerte física y la muerte espiritual. Reacción del centurión y otros allí presentes

Lo más maravilloso que puede ocurrir es la transformación de un corazón. El mayor de todos los milagros es ver una vida cambiada al tener un encuentro con Jesús. El mismo centurión, escogido para supervisar que todo sucediera tal como debía ser durante la crucifixión de Jesús, no pudo resistirse ante el poder del amor redentor de Dios.

Entonces Jesús exclamó con fuerza: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! Y al decir esto, expiró. El centurión, al ver lo que había sucedido, alabó a Dios y dijo: Verdaderamente este hombre era justo. Entonces los que se habían reunido para presenciar aquel espectáculo, al ver lo ocurrido, se fueron de allí golpeándose el pecho.
(Lucas 23:46-48)

¡El centurión alabó a Dios! Él se dio cuenta de que Jesús no era un hombre cualquiera. Sabía que Jesús había muerto sin merecerlo y que lo había hecho por amor a la humanidad. Tanto el centurión como otros que habían presenciado la crucifixión de Jesús notaron algo diferente en Jesús y quedaron impactados. Sus vidas ya no serían igual.

Y así es. Cuando tenemos un encuentro con el Cristo crucificado, aquel que murió por cada uno de nosotros, no podemos seguir igual. Su sangre nos limpia de todo pecado y, gracias a él, disfrutaremos de la vida eterna.

Y en virtud de esa voluntad somos santificados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez y para siempre.
(Hebreos 10:10)


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